lunes, 21 de noviembre de 2011

Blas Garay

BLAS GARAY (V): EL AZOTE
DE LOS INMORALES

A finales de 1897, después de su gigantesca contribución documental para defender nuestros derechos sobre el Chaco, Blas Garay retorna a Paraguay. Gomes Freire Esteve, en su libro “Historia contemporánea del Paraguay (1869-1920)”, asegura que el joven republicano, impaciente por intervenir en el gobierno de nuestro país, se prepara para actuar desde el periodismo “y las combinaciones posibles del momento o del porvenir, con todo el dinamismo peculiar de su mentalidad”. Añadía Friere Esteves que Garay pretendía desarrollar sus planes políticos “en conexión con los hombres y núcleos del Partido Colorado, a cuya tendencia caballerista estaba ligado por vínculos anteriores”.
Al año siguiente, el 1 de febrero de 1898, a dos días de cumplir los 25 años, Blas Manuel Garay Argaña publica el primer número de “La Prensa”, fundada y dirigida por él.
Silvano Mosqueira, en el ya citado prólogo, refiere que Garay se decepciona al no encontrar el espacio que su talento y su integridad exigían tanto dentro del Partido como del Gobierno en su desbordante pasión por contribuir al engrandecimiento de la Nación. Vuelca, entonces, toda su energía en el periodismo.
“Cuando Garay se convenció de que su hermosa inteligencia no era suficiente título entre sus compañeros, a ser considerado y respeta cual lo merecía un hombre de su calidad; cuando vio que se le quería asignar, como a tantos otros, el triste papel de un elemento puramente decorativo dentro del partido gobernante, reaccionó y se colocó al lado del pueblo, constituyéndose en su ardiente y apasionado defensor.
“Mostró (Garay) que en él no existía la pasta del esclavo que exigen los ineptos para rendir culto farisaico a la inteligencia. Probó la superioridad del poder de las ideas sobre el poder de la materia a los que había desdeñado el concurso de sus luces” (Mosqueira).
A partir de ese momento, el periodista Garay inquieta el sueño de las “conciencias culpables”. Sus artículos son analizados en las reuniones de ministros; el pueblo, inquieto, se preguntaba qué publicaría mañana “La Prensa”. Garay despertaba, al mismo tiempo, admiración y temor.
Garay “no maneja la maza que aplasta y llena de barro, sino el florete que destila sangre sin manchar el guante blanco del combatiente. No por ser más pulido en el decir, era menos intensa la herida que causaba. Al contrario. Precisamente, por la suavidad en el lenguaje sus ataques llegaban al corazón del adversario. ¡Y con qué valentía, con qué coraje dirigía sus golpes certeros! De cuando en cuando se le escapaba una de esas ironías crueles, de esas carcajadas picantes, a lo Voltaire, que cubría de ridículo a la víctima. Una sonrisa maliciosa de Garay hería tanto y tan indeleblemente como sus más rajantes artículos de combate”.
“La Prensa”, en ese corto período, “desempeñó una misión histórica importante: Moralizó la administración pública; puso un control saludable a los que manejaban caudales del Estado, hizo respetar los fueros del periodismo y declaró guerra sin cuartel a los defraudadores”.
Su pluma de polemista –escribe con admiración Silvano Mosqueira– ha causado mutilaciones dolorosas en la reputación de los que caían bajo los dardos de su crítica cortante. ¡Aquellos que recibieron su marca indeleble todavía lo recuerdan con pavor!
“Garay empuñó el látigo vengador y castigó a los delincuentes sin piedad. Los rayos de su cólera patricia descargaban sus ímpetus sobre la cabeza de los transgresores de la ley. ‘La Prensa’ fue el Sinaí que anunciaba, políticamente, la aurora de una nueva redención”

Doctor José Gaspar Rodríguez de Francia

El Supremo Dictador

Yo el Supremo Dictador de la República: Ordeno que al acaecer mi muerte mi cadáver sea decapitado, la cabeza puesta en una pica por tres días en la Plaza de la República donde se convocará al pueblo al son de las campanas echadas al vuelo. Todos mis servidores civiles y militares sufrirán pena de horca. Sus cadáveres serán enterrados en potreros de extramuros sin cruz ni marca que memore sus

nombres.

Natalicio González: Su lucha, su expresión, su ideología

J.Natalicio González

PRÓLOGO
Este libro de José Arce analiza la vida y la obra de uno de los hombres más importantes en materia del pensamiento político en el Paraguay del siglo XX. La obra es el resultado de una meticulosa investigación.

Natalicio González es posiblemente uno de los referentes más importantes del pensamiento paraguayo. Sus ideas influenciaron en gran parte de la población de nuestro país y ha sido el más destacado pensador colorado ejerciendo por varias décadas una gravitante influencia en la ideología de su ámbito.

El autor nos va demostrando cómo fue la vida de Natalicio, desde su infancia en Villarrica, su paso por el Colegio Nacional su formación autodidacta y su gran inquietud intelectual. Su faceta periodística e intelectual así como su destacada obra poética.

En el libro se puede apreciar de qué forma se fue forjando el pensamiento de Natalicio González, como pudo conjugar la actividad periodística con la política y a la vez mantener cercanos y fluidos vínculos con importantes referentes del pensamiento latinoamericano de su época.

Es evidente que su estancia en la Francia, de los años 20 caló hondo en el pensamiento de Natalicio González que se volvió un importante y respetado publicista gracias a su revista GUARANIA.

José Arce, un joven historiador paraguayo pero a la vez gran conocedor del pasado reciente de nuestro país, demuestra su conocimiento sobre el tema y logra presentarnos la vida y la obra de un hombre del que hoy en día poco conocemos y que deberíamos estudiar para comprender con mayor claridad el desarrollo del Paraguay durante la segunda mitad del siglo XX.

Es más que recomendable está obra por la cual agradecemos al autor, quien nos ilumina sobre aspectos sumamente relevantes del pensamiento natalicista, escribiendo la biografía de Natalicio González más allá de los ismos buscando la objetividad necesaria para que el lector pueda comprender al hombre y su relación con el contexto ideológico en el que le cupo actuar.

Asunción, mayo de 2011.

Herib Caballero Campos


INTRODUCCIÓN

J. Natalicio González es una de las personalidades más difíciles de abordar en la investigación histórica por sus múltiples facetas y debido a la polarización de criterios que nos caracteriza a los paraguayos, tan proclives a los "ismos" o "istas".

El disenso y la discrepancia son premisas fundamentales para la construcción de la ciudadanía democrática, pero la vehemencia de nuestras pasiones, muchas veces, no nos permite analizar a nuestros protagonistas con lúcido criterio revisionista, o como diría el cliché "estudiar al hombre desde sus luces y sus sombras".

Natalicio, solo su nombre de pila basta para saber a quién nos referimos. Fue un hombre que vivió, padeció y murió por sus ideas, con la fuerza crepitante del fuego, con la zigzagueante fortuna de tenerlo todo y perderlo todo, dependiendo de la rueda giratoria de los acontecimientos políticos y sociales.

Fue guaireño, como varios creadores vernáculos, de aquellos que tanto se consustancian con la tierra, el arado, la simiente, los montes, que postreramente se convierten en la tierra misma. Estos formidables cronistas de la cultura y artistas del barro de su pueblo, como el inmortal Manuel Ortiz Guerrero y Leopoldo Ramos Jiménez, el autor de LA RAÍZ ERRANTE, es uno de ellos, o mejor dicho los tres son del Guairá su letra perenne.

Hombre de acción, de pensamiento y de testimonio, como varios teóricos y militantes de América Latina, Natalicio buscó la impronta del hombre nuevo, de aquel ser humano para su espacio y tiempo, pero con la autodeterminación de su cultura y las respuestas a sus interrogantes desde el análisis autóctono y originalmente propio, rechazando el extranjerizante acoso de las naciones imperiales.

Su "Paraguay eterno" se proyectó a Latinoamérica, territorio vital de naciones ancestrales, con ello asumió las ideas de Simón Bolívar en cuanto al destino común de nuestros pueblos y con José Martí compartió lo de: "Insértense al mundo nuestras Repúblicas, pero que el tronco sea el de nuestras Repúblicas".

Si buscamos comparar a Natalicio con escritores similares a su estilo, miremos de cerca a Blas Garay, Víctor Raúl Haya de la Torre, Germán Arciniégas, Gabriel del Mazo, Atilio García Mellid, por nombrar a algunos.

Con este trabajo no aspiramos a convertirnos en referenciales iconoclastas. Deseamos aportar ideas sobre lo mucho ya escrito sobre Natalicio González, de modo a contrastar, llamar al diálogo intelectual, convocar a los exégetas responsables para echar luz sobre la filosofía natalicista, que aún está a merced de ser estudiada.

NATALICIO, UN AUTODIDACTA QUE FUE GRAN TEÓRICO Y DOCTRINARIO

El joven historiador compatriota José Arce Farina escribió una nueva biografía de J. Natalicio González, el caudillo y teórico colorado que ocupó la presidencia de la República durante un breve lapso entre 1948 y 1949. El libro que contiene esta semblanza del político, escritor y periodista aparecerá el domingo 5 de junio con el ejemplar de ABC Color, como volumen número 14 de la colección Protagonistas de la Historia, publicada por la editorial El Lector.

En esta primera parte de la entrevista mantenida con él, José Arce, historiador, docente universitario, se refiere a Natalicio, el hombre a quien biografió.

–¿Quién fue Natalicio González?

–Natalicio fue uno de los últimos grandes teóricos de la Asociación Nacional Republicana. A pesar de su formación autodidacta, fue capaz de escribir sobre los más variados temas: filosofía, sociología, política, poesía, geografía y hasta se animó a plantear un proyecto de Carta Magna. Su esbozo de Constitución figura en una de sus más grandes obras: “El Estado servidor del hombre libre”. A su vez fue político, parlamentario y presidente de la República. En esta última faceta tuvo escaso éxito.

–¿Cuál fue su origen?

–Juan Natalicio González Paredes fue oriundo de la ciudad de Villarrica. Nació el 8 de setiembre de 1897. Su padre, don Pablo, fue un potentado recolector y envasador de yerba mate en las zonas de Ygatimí, también poseyó un establecimiento ganadero entre los pueblos de Caaguazú y Yhú, hasta su debacle económico, posterior a la revolución de 1904. Su madre, Benita Paredes, lo introdujo en la maravillosa cosmovisión guaraní, relatándole de niño la mitología de este pueblo ancestral.

–¿Dónde estudió?

–Realizó su formación primaria y el ciclo básico en Villarrica, recibiendo una muy buena instrucción de afamados docentes guaireños, como el gran latinista José del Rosario Rojas, el matemático Simeón Carísimo, el pedagogo y cientista social Ramón Indalecio Cardozo y el profesor de lengua francesa Nicolás Sardi. El ex diplomático en tiempos de Solano López Gregorio Benites y el poeta Delfín Chamorro acudían periódicamente a la casa de los González Paredes, e influyeron en la personalidad de Natalicio. Tras la muerte de la madre, seguida por la de su progenitor, Natalicio se trasladó a la ciudad de Asunción para culminar su estudio de bachillerato en el Colegio Nacional.

3 de Junio de 2011 - www.abc.com.py

BIOGRAFÍA SOBRE EL AUTOR NATALICIO

El historiador compatriota José Arce Farina, autor de “J. Natalicio González”, el libro que aparecerá mañana domingo con el ejemplar de ABC Color, habla en esta parte de la entrevista que mantuvimos con él acerca de la formación del ideólogo colorado, a quien considera un miembro más de la célebre Generación del 900.

La biografía de Natalicio es el volumen número 14 de la Colección Protagonistas de la Historia, de la Editorial El Lector.

–¿A qué corriente literaria se adscribió Natalicio González?

–Podemos ubicar a Natalicio González como surgido en las primeras décadas del novecentismo paraguayo. Corresponde a esa generación de notables escritores de estilo moderno, por citar a algunos, Arsenio López Decoud, Eloy Fariña Núñez, Cardús Huerta, Manuel Gondra, Pablo Max Insfrán, Leopoldo Ramos Giménez, Manuel Ortiz Guerrero, Facundo Recalde, Hérib Campos Cervera (padre), entre otros de destacadísima actuación.

–En lo político, ¿cómo se hizo nacionalista?

–La amistad que unía a la familia González con Gregorio Benites y Delfín Chamorro fue clave. Luego de la cena departían largamente sobre el martirologio paraguayo del 70. Benites se explayaba sobre su amistad con el argentino Juan Bautista Alberdi, defensor de la causa paraguaya, en tanto que Chamorro declamaba sobre la tradición. En el establecimiento de su padre trabajaban nativos que potenciaban la imaginación de Natalicio comentándole sobre su cultura. La madre, doña Benita, contribuyó a su apego a las raíces paraguayas. Años más tarde, su trabajo sobre Solano López recibió elogios de Juan E. O’Leary, quien sostuvo: “…las primeras cuartillas me convencieron ya de que estaba en presencia de un gran escritor, de un verdadero escritor, y al terminar de leer la última, saludé emocionado el advenimiento de un pujante compañero, de un heraldo más de la causa nacionalista”.

–Qué le caracterizó a su nacionalismo.

–No podemos hablar de un nacionalismo de tipo chauvinista. Natalicio admiraba los procesos de la emancipación americana. Poseía una formidable colección de títulos sobre América Latina, sobre las guerras libertadoras de Bolívar y San Martín; más adelante coincidió con los jóvenes radicales del FORJA (Argentina), se interesó por el proceso peruano y el Aprismo de Haya de la Torre, del PRI mexicano. Era un nacionalismo que defendía la autodeterminación, el destino de cada Nación y su cultura, pero con un sentimiento de solidaridad más amplio en relación a los países latinoamericanos.

–¿Qué significó para él su viaje a París en la década del 20?

–Natalicio arribó a París, en principio, para cerrar unos acuerdos editoriales para la empresa Monte Domecq y Compañía, en compañía del arquitecto Tomás Romero Pereira.

4 de Junio de 2011 - www.abc.com.py

BIOGRAFÍA DE NATALICIO ANALIZA ÉPOCA APASIONANTE

En su libro “J. Natalicio González”, José Arce Farina, joven historiador compatriota, analiza una de las apasionantes épocas históricas de nuestro país, aún cercana a la memoria de algunos sobrevivientes.

El libro aparece hoy con el ejemplar de ABC Color y es el volumen 14 de la Colección Protagonistas de la Historia, de El Lector. Arce Farina, en la última parte de la entrevista con él, se refiere a su biografiado.

-¿Cómo cosechó Natalicio sus vínculos con intelectuales latinoamericanos?

-A través de sus viajes y del fluido intercambio intelectual, Natalicio ganó prestigio con sus publicaciones, sus obras fueron vendidas en las principales librerías de la región. Algunas de sus relaciones fueron los argentinos Gabriel del Mazo y Luis Dellepiane, al venezolano Rufino Blanco Fombona, al peruano Francisco García Calderón, Germán de Arciniegas, Gilberto González y Contreras y otros grandes del continente.

-En su faceta política, Natalicio fue uno de los artífices del ascenso del Partido Colorado al poder pero él no pudo sostenerse un año en el Palacio de gobierno.

-Era una época de gran inestabilidad política. Dos sectores internos de la ANR, “guiones” y “democráticos”, no se daban tregua. Federico Chaves y Felipe Molas López eran los jefes de la conspiración, en connivencia con sectores castrenses. Eso luego significó la derrota de Natalicio y su renuncia a la Presidencia. No supo articular espacios de unidad, parcializó aun más el movimiento, sustentado celosamente en los guiones. Esa fue la causa de su rápida remoción.

-Qué obras se pueden señalar de su Gobierno.

-Durante su corto gobierno estatizó, el 16 de agosto de 1948, la empresa que daba servicio de energía eléctrica al país, la Compañía Americana de Luz y Tracción (CALT), de capitales suizo e italiano. La nueva empresa estatal pasó a llamarse Administración Nacional de Electricidad (ANDE). Asimismo, nacionalizó el servicio telefónico, que estaba explotado por la firma alemana Siemens y se constituyó la Administración Nacional de Telecomunicaciones (Antelco). El negocio alcoholero quedó monopolizado por un ente mixto, COPAL, y la comercialización de la carne pasó a mano estatal.

Roberto L. Petit

PRÓLOGO

DOS TIROS CONTRA EL FUTURO



Fueron dos tiros. Dos tiros los que privaron al Partido Colorado y a nuestro país en su conjunto, de dos de sus jóvenes más brillantes, víctimas del fuego extremadamente intenso que crepita en esta pasión eternamente caldeada que se llama el Paraguay.

El primero de ellos, Blas Garay, muerto de un disparo artero salido del arma de un ser infausto: Néstor Collar. Garay murió cuando sólo tenía 26 años de edad, y ya había escrito las obras fundamentales que lo convirtieron en el precoz padre de la historia moderna en el Paraguay. "Una vez creí asistir al advenimiento del genio; fue cuando presencié, deslumbrado, la rauda aparición de Blas Garay", dijo Manuel Domínguez, un hombre no acostumbrado a regalar adjetivos.

El segundo de esos jóvenes de vida malograda por la barbarie fue Roberto L. Petit, a quien un disparo segó la vida en la aciaga noche del 4 de mayo de 1954.

"Caballero sin tacha y sin miedo, Petit pasó por nuestros entreveros sin salpicarse con el lodo del camino; atravesó nuestro escenario político como una figura romántica y gallarda; actuó en el ambiente de nuestras pasiones turbulentas, de nuestros odios y de nuestras ambiciones, sin dejarse dominar por ellos, siempre con una sonrisa a flor de labios, con el gesto sereno y el corazón tranquilo". Así lo despidió Osvaldo Chaves al único jefe de Policía que fue llorado por la ciudadanía toda, incluso por quienes lo mataron.

Esta obra de, José Arce Farina es un aporte valiosísimo y sumamente oportuno a la bibliografía histórica de nuestro país.

Sobre todo para enseñar a las nuevas generaciones la ejecutoria de una personalidad exuberante que desde muy joven tuvo una visión amplia y moderna de lo que debía hacerse en aquel país de los años 40 y 50, sumido en el atraso evaluativo y la pobreza material, para encarar el futuro.

Roberto Luis Petit Barúa fue un hombre distinto al común de los políticos de su generación. Influido por los vientos de libertad que soplaron en buena parte del mundo tras la Segunda Guerra Mundial y ávido lector, tuvo la estatura de un estadista al pensar en estructurar un país que apuntara a muchos años por delante.

Dentro de esa estructura estuvo la problemática rural, que él encaró con ejecutividad desde el cargo de presidente del Instituto de la Reforma Agraria (IRA), para el cual lo nombró su padre político, el presidente Federico Chaves. "La Reforma Agraria pone en posesión de la tierra al agricultor, porque sin tierra no hay libertad de accionar, sino esclavitud. Esta condición completa la expansión de la personalidad del trabajador campesino que al ser libre, asegura su independencia económica", señalaba Petit. Lastimosamente, el mismo Chaves lo extrajo de ese puesto para ubicarlo como jefe de Policía, en medio de una vorágine política que terminó por defenestrar al Presidente y provocar la muerte de Petit.

Un valor sustantivo de este libro es que su autor ubica la breve historia de Petit al frente del IRA, en el contexto de la era política que vivió el Paraguay de entonces.

Hay aquí una documentación muy rigurosa para entender el marco de esas luchas atroces dadas en el seno del coloradismo tras la fatídica guerra intestina de 1947, que derivó en la diáspora opositora, el canibalismo republicano y la confirmación del trance terminal de las instituciones. En medio del entramado de la época, José nos va marcando las huellas de un Petit joven pero impetuoso y con una ascendencia notable en la juventud, ascendencia que se proyectaba incluso al propio seno de la Junta de Gobierno del Partido, donde su voz era escuchada con atención.

Por su formación, por su capacidad para razonar atendiendo la realidad sin atisbos dogmáticos, por su virtud de entender la filosofía de la función pública, por su habilidad para vislumbrar el porvenir, por la potencia de su acción, Petit tuvo una autoridad intrínseca que en aquel tiempo no se ganaba fácilmente.

Por eso se lo lloró tanto. Por eso es un ejemplo para la juventud paraguaya, para los funcionarios públicos actuales, para aquellos que ocupan algún cargo de responsabilidad.

Este libro se inserta entre las obras referenciales para entender nuestra rica pero al mismo tiempo dolorosa segunda mitad del siglo XX, cuyas secuelas todavía las vivimos en esta incipiente centuria. Una actualidad en la que la Reforma Agraria ha perdido ya su esencia conceptual para convertirse en un mero juego retórico, vacío de contenido pero lleno de intereses perversos.

Y ya no hay un Petit para alumbrar la era. Es que Petit, al igual que Blas Garay, fue apenas una ráfaga de luz. Ambos pasaron por la vida raudos como el fulgor de su talento, sin darnos tiempo para que disfrutáramos plenamente de toda la magnitud de su lucidez madura.

Todo, por culpa del fuego en extremo intenso de esta pasión eternamente caldeada que se llama el Paraguay. Todo, por culpa de dos disparos malhadados. Por culpa de dos tiros.

BERNARDO NERI FARINA

sábado, 19 de noviembre de 2011

La Guerra de la Triple Infamia

Manifiesto de Cerro Corá

Mariscal Francisco Solano López
Postrer Manifiesto
Febrero de 1870

“Si los restos de mis ejércitos me han seguido hasta este final momento, es que sabían que yo, su jefe, sucumbiría con el último de ellos en este ultimo campo de batalla.
El vencedor no es el que se queda con vida en el campo de batalla, sino el que muere por una causa bella.
Seremos vilipendiados por una generación surgida del desastre, que llevará la derrota en el alma y en la sangre como un veneno el odio del vencedor.
Pero vendrán otras generaciones y nos harán justicia aclamando la grandeza de nuestra inmolación.
Yo seré más encarnecido que vosotros, seré puesto fuera de la ley de Dios y de los hombres, se me hundirá bajo el peso de montañas de ignominia. Pero también llegara mi día y surgiré de los abismos de la calumnia, para ir creciendo a los ojos de la posteridad, para ser lo que necesariamente tendré que ser en las paginas de la historia".

De una carta particular del P. Fidel Maíz a don Enrique Solano López, hijo del Mariscal.